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domingo, 13 de julio de 2014

"Las horcas se acercan...a por nosotros los plutócratas" - Nick Hanauer (Parte III y Final)

[Viene de la Parte II]

Una cosa en la que podemos estar de acuerdo, estoy seguro, es en que el cambio no va a empezar en Washington. El pensamiento está estancado, las discusiones incluso más. En ambos bandos.

Pero desde mi punto de vista, no hay problema con eso. La mayoría de grandes movimientos sociales tuvieron sus primeras victorias a nivel municipal y estatal. La lucha por la jornada laboral de ocho horas, que acabó en Washington DC en 1938 comenzó en sitios como Illinois y Massachussetts a finales del s. XIX. El movimiento por la seguridad social empezó en California en los años treinta. Incluso la Ley de Sanidad Asequible (u Obamacare) habrían sido difíciles de imaginar sin el modelo de Mitt Romney en Massachussetts abriendo el camino.

Tristemente, ningún republicano y muy pocos demócratas comprenden esto. El presidente Obama parece que tampoco, aunque va bien encaminado. En su discurso del estado de la nación de este año, mencionó la necesidad de un sueldo mínimo más alto, pero no llegó a argumentar que una menor desigualdad y una clase media renovada resultarían en un crecimiento económico más rápido. En vez de eso, los razonamientos que oímos de la mayoría de demócratas son las mismas viejas reclamaciones de justicia social. La única razón para ayudar a los trabajadores es porque nos dan pena. Estos argumentos de justicia alimentan el estereotipo de que Obama y los demócratas son unos sensibleros. Los republicanos dicen crecimiento. Los demócratas dicen justicia, y pierden todas las veces.

Pero solo porque los dos partidos de Washington aún no se hayan dado cuenta no significa que nosotros los ricos podamos seguir igual. La conversación ya está cambiando, incluso sin la intervención de los multimillonarios. Sé lo que pensáis: Creéis que Occupy Wall Street y todos los demás protestantes que decían "el capitalismo es el problema" han desaparecido sin dejar rastro. Pero eso no es verdad. Por supuesto, es difícil convencer a la gente de que duerma en un parque por la causa de la justicia social. Pero las protestas tras la crisis financiera de 2008 sí que ayudaron a cambiar el debate en este país del techo de deuda y los "comités de la muerte" (NdT: Término inventado por Sarah Palin en 2009 para referirse a grupos de burócratas que decidirían qué americanos serían "dignos de atención médica" en caso de aprobarse la legislación para atender a aquellos sin seguro médico) a la desigualdad.

Lo que pasa es que muchos de vosotros los plutócratas no captasteis el mensaje.

Queridos miembros del 0,01%, muchos ciudadanos están empezando a creer que el capitalismo en sí es el problema. Yo no estoy de acuerdo, y estoy seguro de que vosotros tampoco. El capitalismo, cuando se maneja bien, es la mejor tecnología social jamás inventada para crear prosperidad en las sociedades humanas. Pero el capitalismo sin control tiende hacia la concentración y el colapso. Puede ser dirigido a beneficiar a unos pocos a corto plazo o a muchos a largo plazo. El trabajo de las democracias es ponerlo al servicio de la mayoría. Por eso las inversiones en la clase media funcionan. Y las reducciones de impuestos para los ricos como nosotros no. Equilibrar el poder de los trabajadores y los multimillonarios aumentando el salario mínimo no es malo para el capitalismo. Es una herramienta indispensable que los capitalistas inteligentes usan para hacer estable y sostenible al sistema. Y nadie tiene más en juego en ello que nosotros los muchimillonarios.

El conflicto más antiguo e importante de las sociedades humanas es la batalla por la concentración de riqueza y poder. Los tipos como nosotros, que estamos en la cima, le decimos a los que están abajo que nuestras respectivas posiciones son justas y buenas para todos. Antiguamente se llamaba a eso "derecho divino". Hoy día tenemos la "teoría del chorreo".

Qué tontería. ¿De verdad soy un ser superior? ¿Debo estar en el centro de la moral así como en el del universo económico? ¿Y vosotros?

Mi familia, los Hanauers, empezaron en Alemania vendiendo plumas y almohadas. Fueron echados de Alemania por Hitler y acabaron en Seattle montando otra compañía de almohadas. Tres generaciones después, me beneficié de eso. Entonces tuve toda la suerte que una persona podía tener en la era de internet al tener un colega en Seattle llamado Bezos. Yo miro al tío común de la calle y me digo, "Solo por la gracia de Jeff no soy otro más". Incluso los mejores de nosotros, en las peores circunstancias, están descalzos vendiendo fruta de pie junto a un camino de tierra. Nunca deberíamos olvidar eso, ni que los Estados Unidos de América y su clase media nos hicieron a nosotros, más que al contrario.

O podríamos sentarnos, no hacer nada, disfrutar de nuestros yates. Y esperar a las horcas.

Or we could sit back, do nothing, enjoy our yachts. And wait for the pitchforks.

Fuente

[http://www.politico.com/magazine/story/2014/06/the-pitchforks-are-coming-for-us-plutocrats-108014_full.html] POLITICO - The Pitchforks Are Coming...For Us Plutocrats, por Nick Hanauer, 7/2014 (link activo: última comprobación el 10/7/2014).

sábado, 12 de julio de 2014

"Las horcas se acercan...a por nosotros los plutócratas" - Nick Hanauer (Parte II)

[Viene de la Parte I]

Lo más irónico de la creciente desigualdad es lo completamente innecesaria y contraproducente que es. Si hacemos algo contra ella, si ajustamos nuestras políticas de la forma en que, por ejemplo, lo hizo Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión, para ayudar al 99% y anticiparnos a los revolucionarios y los locos, los que tienen las horcas, eso será lo mejor para nosotros los ricos también. No es solo que escaparemos con vida, es que seguramente nos hagamos aún más ricos.

El modelo a seguir para nosotros los ricos en este caso debería ser Henry Ford, quien se dio cuenta que todos sus trabajadores de Michigan no eran solo mano de obra barata a explotar, sino también clientes. Ford imaginó que si les subía el sueldo a unos entonces exorbitantes 5 dólares al día, serían capaces de comprar sus Ford T.

Qué gran idea. Mi sugerencia es esta: hágamoslo otra vez. Tenemos que intentar algo. Esta estúpida "teoría del chorreo" (NdT: La "teoría del chorreo" preconiza que hay que dar toda clase de privilegios y favores a los más ricos, haciéndolos aun más ricos, para que en el futuro algo de su riqueza les chorree a los más pobres) están destruyendo mi clientela. Y la vuestra también.

Cuando me di cuenta de esto decidí que tenía que dejar mi mundo aislado de los super-ricos y meterme en política. No directamente, presentándome a un alto cargo o convirtiéndome en uno de los ricachones milmillonarios que respaldan a los candidatos en una elección. En vez de eso, quería intentar cambiar la conversación con ideas, promoviendo lo que mi co-autor, Eric Liu, y yo llamamos economía "middle-out". Es la tan atrasada refutación contra la teoría del chorreo que se ha convertido en la ortodoxia económica de ambos partidos, y que tanto ha amargado a la clase media americana y en general a toda nuestra economía. La economía middle-out rechaza el viejo error de creer que una economía es un sistema mecánico perfectamente eficiente, y asume la idea mucho más precisa de que una economía es un complejo ecosistema formado por personas reales que dependen unas de otras.

Por eso la ley fundamental del capitalismo debe ser que si los trabajadores tienen más dinero, los negocios tienen más clientes. Lo que convierte a los consumidores de clase media, y no a los ricos hombres de negocios como nosotros, en los auténticos generadores de empleo. Lo que a su vez significa que una clase media floreciente es la fuente de la prosperidad americana, no una consecuencia de ella. La clase media nos crea a los ricos, no al revés.

El 19 de junio de 2013, Bloomberg publicó un artículo escrito por mí titulado "El argumento de un capitalista a favor de un sueldo mínimo de 15 $". Forbes lo presentó como "la propuesta casi enloquecida de Nick Hanauer". Y aun así, apenas unas semanas después de su publicación, mi amigo David Rolf, un organizador de la Unión Internacional de Empleados en Servicios, instigó a los trabajadores de los restaurantes de comida rápida a ponerse en huelga por todo el país pidiendo un salario mínimo de 15 dólares. Casi un año después, la ciudad de Seattle aprobó un sueldo mínimo de 15 dólares. Y solo 350 días después de que mi artículo fuese publicado, el alcalde Ed Murray de Seattle firmó esa ordenanza convirtiéndola en ley. ¿Cómo pudo ocurrir esto, os preguntaréis?

Ocurrió porque le recordamos a las masas que ellas son la fuente del crecimiento y la prosperidad, no nosotros los tipos ricos. Les recordamos que cuando los trabajadores tienen más dinero, los negocios tienen más clientes, y necesitan más empleados. Les recordamos que si los negocios pagasen a sus trabajadores un sueldo mínimo decente en lugar de una miseria, los contribuyentes no tendrían que compensar la diferencia. Y cuando acabamos, el 74% de los posibles votantes de Seattle afirmaron en una encuesta reciente que un salario mínimo de 15 dólares era una idea genial.

La respuesta estándar en el debate sobre el salario mínimo, presentada por los republicanos, sus patrocinadores y un montón de demócratas también, es que aumentar el sueldo cuesta puestos de trabajo. Los negocios no podrán permitirse tener tantos trabajadores. Este argumento refleja la economía ortodoxa que aprendió la mayoría de la gente en la universidad. Si te apuntabas a clase de economía, te enseñaban literalmente que si los sueldos suben, el empleo debe bajar. La ley de la oferta y la demanda y todo eso. Por eso tenemos a John Boehner y a otros republicanos insistiendo en el Congreso que si haces más caro contratar, habrá menos contratos. ¿En serio?

Porque aquí hay algo que no cuadra. Durante las tres últimas décadas, la compensación para los directores ejecutivos creció 127 veces más rápido que para los trabajadores. Desde 1950, la proporción de sueldos entre directores y trabajadores ha aumentado un 1000%, y no hay errores tipográficos ahí. Los directores solían ganar treinta veces lo que el trabajador medio; ahora se llevan 500 veces más. Pero ninguna compañía que yo conozca ha eliminado a sus principales dirigentes, o los ha subcontratado en China, o automatizado sus trabajos. Al contrario, ahora tenemos más directores y ejecutivos superiores que nunca antes. Y lo mismo ocurre también con los trabajadores de servicios financieros y tecnológicos. Estos tipos ganan múltiplos del salario medio, pero de alguna forma cada vez tenemos más.

Lo que nos pasa a los hombres de negocios es que nos gusta que nuestros clientes sean ricos y nuestros empleados pobres. Así que desde que existe el capitalismo, los capitalistas han dicho lo mismo sobre cualquier esfuerzo por subir los salarios. Hemos tenido 75 años de quejas de grandes empresas: cuando se creó el salario mínimo, cuando las mujeres tuvieron que recibir pagas igualitarias, cuando se hicieron leyes sobre el trabajo infantil. Cada una de esas veces los capitalistas han dicho exactamente lo mismo de la misma forma: Todos caeremos en la bancarrota. Tendré que cerrar. Tendré que despedir a todos. No ha ocurrido así. De hecho, los datos demuestran que cuando los trabajadores son mejor tratados, los negocios van mejor. Los detractores simplemente se equivocan.

La mayoría de vosotros (NdT: los americanos, se entiende) creéis seguramente que un salario mínimo de 15 dólares en Seattle es un alejamiento descerebrado de la política racional que pone nuestra economía en grave riesgo. Pero en Seattle, nuestro salario mínimo actual de 9,32 dólares ya es de por sí casi un 30% superior al salario mínimo federal. ¿Y ha arruinado nuestra economía hasta ahora? Bueno, "chorreadores", mirad estos datos: Las dos ciudades del país con la mayor tasa de crecimiento de empleo en PyMEs son San Francisco y Seattle. ¿Qué ciudades tienen el salario mínimo más alto? San Francisco y Seattle. ¿Cuál es la gran ciudad que más rápido crece en América? Seattle. Quince dólares no es una política arriesgada e inaudita para nosotros. Es redoblar la estrategia que ya permite a nuestra ciudad darle a las vuestras para el pelo.

Tiene todo el sentido si os paráis a pensarlo: Si un trabajador gana 7,25 $ a la hora, que es el salario mínimo nacional actual, ¿qué proporción de los ingresos de esa persona creéis que acaba en las cajas registradoras de los pequeños negocios locales? Casi ninguna. Esa persona paga el alquiler, en el mejor de los casos sale a comprar verduras básicas en Safeway, y, si tiene mucha suerte, tiene un bonobus. Pero no sale a comer en restaurantes. No mira escaparates en busca de ropa nueva. No compra flores el Día de la Madre.

¿Es esta cuestión más complicada que lo que digo? Por supuesto. ¿Hay muchos factores en juego determinando la dinámica del empleo? Síp. Pero por favor, parad de insistir en que si pagamos más a los trabajadores el desempleo se disparará y destruirá la economía. Es una tontería absoluta. Lo más insidioso de la teoría del chorreo no es creer que si los ricos se enriquecen es bueno para la economía. Es creer que si los pobres se enriquecen, es malo para la economía.

Sé que prácticamente todos vosotros creéis que animar a nuestras empresas a pagar más a nuestros trabajadores es en cierto modo injusto, o que supone demasiada interferencia gubernamental. La mayoría de vosotros creéis que deberíamos simplemente dejar que ejemplos como Costco o Gap muestren el camino. O que el mercado fije el precio. Pero ahí está la cosa. Cuando aquellos que fijan malos ejemplos, como los propietarios de Wal-Mart o McDonald's, pagan a sus trabajadores casi el sueldo mínimo, lo que en realidad están diciendo es que les pagarían incluso menos si no fuese ilegal (afortunadamente, ambas compañías han dicho recientemente que no se opondrían a una subida en el salario mínimo). En cualquier grupo grande, algunas personas no harán en absoluto lo correcto. Por eso nuestra economía solo puede ser segura y efectiva si es gobernada por el mismo tipo de reglas que, por ejemplo, el sistema de transportes, con sus límites de velocidad y sus señales de stop.

Wal-Mart es la empresa con más trabajadores de nuestra nación, con unos 1,4 millones de empleados en los EE.UU. y más de 25.000 millones de beneficios brutos. Entonces, ¿por qué los empleados de Wal-Mart son el mayor grupo de receptores de ayudas médicas en muchos estados? Wal-Mart podría, digamos, pagar a cada uno del millón de sus trabajadores peor asalariados 10.000 dólares más al año, sacarlos de la pobreza y hacerles capaces de, entre todas las cosas, permitirse comprar cosas en Wal-Mart. No solo nos ahorraría esto todo el gasto de los sellos de comida, las ayudas médicas y las asistencias para el alquiler que necesitan actualmente, sino que Wal-Mart seguiría ganando más de 15.000 millones de dólares brutos cada año. Wal-Mart no se presentará voluntaria para pagar a sus trabajadores un sueldo mayor que el de sus competidores, ni tampoco debería. A fin de que tengamos una economía que funcione para todos, deberíamos obligar a todos los minoristas a pagar salarios mínimos decentes, no solo pedírselo amablemente.

Nosotros los ricos hemos sido falsamente convencidos por nuestra educación y por la afirmación de la sociedad, y nos hemos autoconvencido, de que somos los principales generadores de empleo. Simplemente no es verdad. Nunca podrá haber suficientes americanos super-ricos para alimentar a una gran economía. Gano como mil veces más que el americano medio cada año, pero no me compro mil veces más cosas. Mi familia se compró tres coches en los últimos años, no 3000. Compro unos pocos pantalones y unas pocas camisas cada año, igual que la mayoría de hombres americanos. Compré dos elegantes pantalones de lana, uno de los cuales llevo puesto mientras escribo esto, a los que mi compañero llama "pantalones de manager". Supongo que podría haber comprado mil. ¿Pero por qué iba a hacerlo? En vez de eso, puse mi dinero sobrante en la cuenta de ahorro, donde no hace mucho por el país.

Así que olvidad toda esa retórica de que América es grande por gente como vosotros, yo y Steve Jobs. Sabéis la verdad incluso si no la admitís: si cualquiera de nosotros hubiera nacido en Somalia o el Congo, todo lo que llegaríamos a ser sería tipos descalzos colocados junto a una carretera de tierra para vender fruta. No es que Somalia o el Congo no tengan buenos emprendedores. Es solo que los mejores están vendiendo sus productos en cajas junto a la carretera porque eso es todo lo que sus consumidores pueden permitirse.

Así que, ¿por qué no hablar de un tipo distinto de New Deal para el pueblo americano, uno que pudiera atraer a la derecha tanto como a la izquierda, a los libertarios igual que a los liberales? Primero, pediría a mis amigos republicanos que fuesen realistas sobre lo de reducir el tamaño del gobierno. Sí, sí y sí, tenéis toda la razón: el gobierno federal es demasiado grande en algunos aspectos. Pero de ningún modo podéis recortar sustancialmente al gobierno, no tal y como están las cosas ahora. Ronald Reagan y George W. Bush tuvieron ambos ocho años para hacerlo, y fracasaron miserablemente. 

Los republicanos y demócratas del Congreso no pueden encoger el gobierno con ilusiones. La única forma de podar el gobierno de verdad es volver a los principios económicos básicos: tenéis que reducir la demanda del gobierno. Si la gente gana quince dólares la hora o más, no necesitan sellos de comida. No necesitan apoyos para pagar el alquiler. No necesitan que vosotros y yo paguemos su asistencia médica. Si la clase media consumidora vuelve a comprar y salir de tiendas, entonces es lógico no necesitar un Estado del bienestar tan grande. Y al mismo tiempo, los impuestos sobre la renta y las ventas crecerían, reduciendo el déficit.

Esto es, en otras palabras, un enfoque económico que puede unir a la izquierda y a la derecha. Quizás esa sea una razón por la que la derecha está empezando, inexorablemente, a descubrir esta realidad también. Incluso republicanos tan diversos como Mitt Romney y Rick Santorum salieron recientemente a defender un aumento del salario mínimo, desafiando a los congresistas republicanos.

[Continuará]

Fuente

[http://www.politico.com/magazine/story/2014/06/the-pitchforks-are-coming-for-us-plutocrats-108014.html] POLITICO - The Pitchforks Are Coming...For Us Plutocrats, por Nick Hanauer, 7/2014 (link activo: última comprobación el 10/7/2014).

jueves, 10 de julio de 2014

"Las horcas se acercan...a por nosotros los plutócratas" - Nick Hanauer (Parte I)

De: Nick Hanauer.

A: Mis colegas muchimillonarios.

Probablemente no me conozcáis, pero como vosotros soy uno más de ese 0,01%, un orgulloso capitalista que no se arrepiente de serlo. He fundado, co-fundado y financiado más de treinta compañías de toda una variedad de industrias, desde las pequeñitas como el club nocturno que abrí a los veinte a gigantes como Amazon.com, de la cual fui el primer inversor fuera de la familia del dueño. Entonces fundé aQuantive, una compañía de anuncios en internet que fue vendida a Microsoft en 2007 por 6.400 millones de dólares. En efectivo. Os cuento todo esto para demostraros que en muchos sentidos no soy diferente de vosotros. Como vosotros, tengo una amplia perspectiva sobre los negocios y el capitalismo. Y al igual que vosotros, he sido recompensado obscenamente por mi éxito, con una vida que el otro 99,99% de los americanos no puede ni imaginarse. Múltiples casas, mi propio avión, etcétera, etcétera. Sabéis de lo que hablo. En 1992, estaba vendiendo almohadas hechas por mi empresa familiar, Pacific Coast Feather Co., a minoristas de todo el país, e internet era una torpe novedad a la que uno se enganchaba con un fuerte graznido a 300 baudios. Pero vi muy rápido, ya entonces, que muchos de mis clientes, las grandes cadenas de almacenes, ya estaban condenados. Supe que tan pronto como internet se volviese lo bastante rápido y fiable (y no faltaba mucho para eso), la gente compraría online como loca. Adiós, Caldor. Y Filene's. Y Borders. Y así sucesivamente.

Darme cuenta de eso, viendo por encima del horizonte un poco más lejos que el que estaba a mi lado, fue la parte estratégica de mi éxito. La parte afortunada fue que tenía dos amigos, ambos muy dotados, que también vieron un montón de potencial en la web. Uno era un tipo del que probablemente jamás habréis oído hablar llamado Jeff Tauber, y el otro era un colega llamado Jeff Bezos. Estaba tan excitado por el potencial de la web que le dije a ambos Jeffs que quería invertir en cualquier cosa que lanzaran, a lo grande. Ocurrió que el segundo Jeff, Bezos, me llamó el primero para aprovechar mi oferta de inversión. Así que le ayudé a asegurar su diminuta e incipiente librería. El otro Jeff empezó una gran tienda online llamada Cybershop, pero en un momento en el que la confianza en las ventas por internet aún era escasa, era demasiado pronto para su lujosa idea: la gente aún no estaba lista para comprar productos caros sin comprobarlos en persona (a diferencia de un lujo básico como los libros, que no varían en calidad, algo que supo ver muy bien Bezos). Cybershop no lo logró, como tantos otros fiascos punto-com. Amazon lo hizo algo mejor. Ahora tengo un yate muy grande.

Pero hablemos con franqueza. Yo no soy el tipo más listo que conoceréis, ni el más trabajador. Yo era un estudiante mediocre. No soy técnico en absoluto: no sé escribir ni una palabra de código. Lo que me distingue, creo yo, es una tolerancia al riesgo y una intuición de lo que ocurrirá en el futuro. Ver a dónde las cosas se dirigen es la esencia de ser emprendedor. ¿Y qué veo en nuestro futuro ahora?

Veo horcas.

Al mismo tiempo que gente como vosotros y yo están medrando más allá de los sueños de cualquier plutócrata de la historia, el resto del país (el 99,99%) se está quedando muy atrás. La división entre los que tienen y los que no se está agravando muy, muy deprisa. En 1980, el 1% superior controlaba un 8% de la renta nacional de EE.UU. El 50% inferior compartía un 18%. Hoy el 1% tiene el 20%, y el 50%, solo el 12%.

Pero el problema no es que tengamos desigualdad. La desigualdad es intrínseca en cualquier economía capitalista de alto rendimiento. El problema es que la desigualdad está a niveles históricamente altos y está empeorando cada día. Nuestro país se está dejando rápidamente de ser una sociedad capitalista y pasando a ser una sociedad feudal. A menos que nuestra política cambie dramáticamente, la clase media desaparecerá, y volveremos a la Francia de finales del s. XVIII. Antes de la revolución.

Así que tengo un mensaje para mis colegas asquerosamente ricos, para todos nosotros que vivimos en nuestras burbujas valladas: despertad, gente. No durará.

Si no hacemos nada para arreglar las patentes injusticias en esta economía, las horcas vendrán a por nosotros. Ninguna sociedad puede mantener este tipo de creciente desigualdad. De hecho, no hay ningún ejemplo en la historia humana en el que la riqueza se acumulase de este modo y las horcas no acabasen por salir a la luz. Me mostráis una sociedad altamente desigual, y yo os mostraré un Estado policial. O un alzamiento. No hay contra-ejemplos. Ninguno. No es "si", es "cuando".

Muchos de nosotros pensamos que somos especiales porque "esto es América". Creemos que somos inmunes a las mismas fuerzas que empezaron la Primavera Árabe; o las revoluciones francesa y rusa, mismo da. Sé que los miembros del 0,01% soléis desestimar este tipo de argumentos: muchos de vosotros me habéis dicho a la cara que estoy completamente chalado. Y sí, sé que hay muchos de vosotros que estáis convencidos de que porque visteis a un niño pobre con un iPhone una vez, la desigualdad es una ficción.

Esto es lo que os digo: vivís en un mundo de fantasía. Lo que todo el mundo quiere creer es que cuando las cosas alcancen un punto de inflexión y pasen de ser simplemente desagradables para las masas a peligrosas y socialmente desestabilizadoras, nosotros veremos venir ese cambio con tiempo. Cualquier estudiante de Historia sabe que eso no es lo que ocurre. Las revoluciones, como las bancarrotas, llegan gradualmente, y actúan repentinamente. Un día, alguien se pega fuego, y entonces miles de personas salen a la calle, y antes de que te des cuenta, el país está en llamas. Y entonces nosotros no tendremos tiempo para llegar al aeropuerto y saltar a nuestros Gulfstream V y volar a Nueva Zelanda. Eso es lo que siempre ocurre. Si la desigualdad sigue aumentando como lo ha hecho hasta ahora, al final ocurrirá. No seremos capaces de predecir cuándo, y será terrible, para todos. Pero especialmente para nosotros.

[Continuará]

Fuente

[http://www.politico.com/magazine/story/2014/06/the-pitchforks-are-coming-for-us-plutocrats-108014_full.html] POLITICO - The Pitchforks Are Coming...For Us Plutocrats, por Nick Hanauer, 7/2014 (link activo: última comprobación el 10/7/2014).

martes, 4 de marzo de 2014

La guerra histórica entre Ucrania y Rusia

Hoy he encontrado este artículo de Charles Emmerson en History Today, que me ha parecido muy interesante dada la terrible crisis que se está desatando en Ucrania a raíz de la invasión militar rusa de Crimea. Paso a traducir su opinión, y espero las vuestras:

* * *

Las guerras de Historia de Ucrania y Rusia:

No hace mucho, buscando una historia breve de Ucrania en una librería céntrica de Londres, me dieron este memorable consejo: "Mire debajo de Rusia".

Lo hice. Y entre estantes que se quejaban del peso de las glorias de la historia rusa, desde las aventuras amorosas de Catalina la Grande hasta los crímenes de Josif Stalin, encontré dos finos volúmenes sobre Ucrania, un país de unos 46 millones de habitantes. Uno estaba decorado con un cuadro impresionista de la Revolución Naranja de 2004. Los compré los dos. Dudo muchísimo que fueran reemplazados de inmediato.

"Mirar debajo de Rusia" es quizás una metáfora apropiada para hablar de la historia ucraniana.

Desde el tratado de Pereyáslav de 1654, Ucrania solo ha disfrutado de independencia de Rusia en momentos de extrema dislocación geopolítica, como en los últimos días de la Primera Guerra Mundial, tras la Revolución Rusa de 1917. Los nacionalistas rusos de hoy en día parecen ver la independencia de Ucrania como una aberración similar, consecuencia de lo que el Presidente Vladimir Putin definió como el mayor desastre geopolítico del s. XX: el colapso de la Unión Soviética (es decir, del Imperio Ruso) en 1991.

Los viejos hábitos tardan en morir. Para muchos rusos, Ucrania es como una extremidad fantasma que se sigue sintiendo mucho después de su amputación. La idea de que Ucrania es realmente una nación resulta extraña para algunos rusos. Puesto que las percepciones de la historia condicionan la política, comprender el punto de vista ruso sobre la historia ucraniana, y el de los propios ucranianos sobre su propia historia, es esencial.

Aunque errónea, la idea de que la historia ucraniana en realidad no es más que un anexo de la suntuosa mansión de la historia rusa es común. Hasta cierto punto es comprensible. Ucrania y Rusia han compartido triunfos y tragedias desde el nacimiento del Principado de los Rus de Kiev (el primer proto-Estado ruso, aunque por supuesto habría que discutir si los Rus eran siquiera rusos o ucranianos), pasando por las guerras contra los polacos del s. XVII, hasta la sangrienta lucha contra el fascismo en el s. XX.

Los lazos históricos entre los dos países, antiguos y modernos, son múltiples y profundos. Las iglesias ortodoxas de Ucrania y Rusia comparten santo patrón: San Vladimir o San Volodmyr, cuya estatua (bautizada con el nombre ucraniano) se alza orgullosa en una esquina del Londres occidental. En las afueras de Kiev, la capital de Ucrania, un enorme museo de cemento inaugurado a principios de los ochenta conmemora la Gran Guerra Patriótica (1941-5). Fuera, una figura femenina plateada de 60 metros de altura sostiene en alto una espada con una mano, y en la otra levanta un escudo con el emblema de la Unión Soviética. Este es un memorial en honor a un sacrificio compartido (ocho millones de ucranianos murieron en la guerra) y una victoria compartida. Setenta años después del final de la guerra, y casi un cuarto de siglo después del derrumbe de la URSS, esas narraciones aún son poderosas.

Durante mucho tiempo, los rusos vieron a los ucranianos como poco más que parientes paletos del campo. Las teorías sobre la etnogénesis eslava describían a los dos pueblos como hermanos nacidos del mismo vientre eslavo: los "Grandes Rusos" (es decir, los rusos propiamente dichos) por un lado y los "Pequeños Rusos" (los ucranianos) por otro. La literatura ucraniana, que empezó a emerger en el s. XIX, era vista con condescendencia como la pintoresca producción de una sociedad campesina, subordinada en esencia al canon literario de Rusia, incluso a pesar de generar poetas tan geniales como Taras Shevchenko. El hecho de que el florecimiento de la cultura nacional ucraniana fuera más fuerte en la Ucrania occidental, entonces parte del Imperio Austrohúngaro, hizo que algunos rusos rechazaran el concepto entero como un engaño anti-ruso patrocinado por fuerzas externas, una afirmación parecida a las que se oyen hoy día.

En el periodo soviético, la idea de la nacionalidad ucraniana fue vista con la misma suspicacia, pero ahora cargada además con sugerencias de que era intrínsecamente contrarrevolucionaria. En abril de 1918, al implosionar Rusia en su revolución, se instauró un régimen conservador con apoyo alemán en Kiev. Su líder, Pavlo Skoropadsky, revivió el título de Atamán, un antiguo rango militar cosaco cuyo último portador había muerto a los 112 años de edad en 1803 en un remoto monasterio ruso que los soviéticos convertirían posteriormente en un gulag. Posteriormente, en la Gran Guerra Patriótica, algunos ucranianos se unieron a los alemanes para luchar contra los Soviets, y algunos incluso se alistaron en las SS. Las acciones nacionalistas anti-soviéticas continuaron en la década de los 50, dando la base para que la memoria histórica englobe a todos los nacionalistas ucranianos, tanto los moderados como los extremistas de derechas, bajo la etiqueta de "fascistas" y "bandidos".

En la era soviética, la identidad nacional ucraniana nunca fue sometida por completo a la rusa o la soviética. Algunas veces, de hecho, resultó útil para el Estado soviético. En 1939, cuando Galitzia, Volhynia y Bucovina fueron anexionadas por la Ucrania soviética a raíz del pacto Molotov-Ribbentrop y la invasión parcial de Polonia por Stalin, el Soviet Supremo de Ucrania envió este mensaje a Stalin: "Habiendo estado dividido, habiendo estado separado por fronteras artificiales, el gran pueblo ucraniano queda reunido para siempre en una sola república ucraniana". En 1945, las afirmaciones de que Ucrania no era un vasallo soviético sino en realidad un Estado comunista independiente permitieron a Ucrania unirse a las Naciones Unidas como uno de sus miembros fundadores junto a la URSS, dándole así a Moscú un voto adicional en la ONU.

El proceso por el cual las fronteras de la moderna Ucrania fueron definidas, tanto en el oeste como en el Mar Negro, fue parte de la decidida expansión de Rusia a lo largo de tres siglos. En los s. XVIII y XIX, cuando la imaginación geopolítica rusa se obsesionó con la idea de convertir el Mar Negro en un lago ruso, y quizás llegar hasta a hacerse con el control de Constantinopla/Estambul, el Imperio Otomano fue rechazado sangrienta y repetidamente de sus reductos en la costa norte del Mar Negro. Las provincias ucranianas fueron las beneficiarias territoriales. El país se fue integrando cada vez más en la economía y la política del creciente Imperio Ruso, sirviendo como su granero y su ruta al mar.

A finales del s. XVIII, la zarina Catalina la Grande, nacida en Alemania, fundó el puerto de Odessa (y su territorio de Nueva Rusia) con la ayuda de un napolitano hispano-irlandés y, después, de un aristócrata francés. La ciudad se llenó de griegos, búlgaros y judíos. Pushkin fue enviado allí como castigo, y pronto empezó una aventura con la esposa del gobernador ruso de la ciudad. Entre incontables otros, Odessa daría origen a Trotsky y Akhmatova, dos titanes de la política y la cultura rusas, antes de convertirse en el escenario de algunas de las masacres más crueles del Holocausto.

Más al este, mediante la guerra, la colonización y la purificación étnica de su población musulmana, Crimea, el último resto de la Horda Dorada mongola, fue convertida en la mayor joya del Imperio Ruso. Como el proverbial jardín de los placeres para las últimas aventuras amorosas imperiales (como relata Anton Chekhov), y después como campamento de vacaciones de fantasía para los directores industriales soviéticos y como clave del flanco meridional de Rusia (como base de la flota del Mar Negro), Crimea quedó fijada firmemente en la geografía psicológica de los rusos como su propio patio de recreo privado. Menos de un siglo después de que los zares la conquistaran, Stalin eligió Crimea como el lugar donde redibujar una vez más el mapa de Europa en 1945.

Nueve años más tarde, cuando el antiguo jefe de partido ucraniano Khrushchev transfirió Crimea a la República Soviética de Ucrania para celebrar el tricentésimo aniversario del tratado de Pereyáslav, nadie pensaba que las fronteras internas de la Unión Soviética se acabarían convirtiendo en fronteras internacionales. Fue solo en 1991, como consecuencia de un intento de golpe de Estado (que tuvo lugar, irónicamente, mientras Mikhail Gorbachov estaba de vacaciones en Crimea), cuando la península escapó del control de Moscú mientras la superestructura soviética era desintegrada por ley.

La idea de que Crimea se convirtió en parte de una Ucrania independiente esencialmente por accidente es una verdad evangélica para los políticos rusos. Está a solo un paso de ver la posesión ucraniana de Crimea como históricamente ilegítima. Y ahí se encuentra el principio de un juego peligroso. ¿Qué ocurre después? Quizás la misma independencia de Ucrania, o la de los Estados bálticos, también se vea como la consecuencia de una serie de circunstancias históricas que a algunos les podría gustar deshacer.

¿En qué punto se convierte una preocupación por la historia en revanchismo? ¿Y hasta dónde se extiende la perspectiva histórica de uno en el pasado? Las visiones de Crimea como eternamente rusa ignoran testarudamente a la población musulmana que el poder ruso y después soviético desplazó y deportó, a veces violentamente, siempre trágicamente, y con poco reconocimiento histórico. Hasta una fecha tan tardía como los primeros años del s. XX, antes de los cataclismos que se habrían de producir, los tártaros crimeos representaban casi la mitad de la población de Crimea. Khruschev reconoció la deportación de los tártaros como uno de los crímenes de Stalin en su famoso discurso de 1956 ante el 20º Congreso del Partido. Hasta los años noventa no pudieron regresar muchos de ellos.

La versión rusa de la historia de Ucrania, envuelta en su propia narración de alzamiento y caída de un imperio, desde los Romanov hasta los Soviets, ayuda a explicar la actitud de Moscú hacia su vecino del sur; no en términos de intereses objetivos, aunque estos son bien ciertos, sino en términos emocionales, de quién tiene razón y quién no. Lo que empeora el asunto, desde la perspectiva rusa, es que los ucranianos ya no comparten su interpretación de su historia. El pasado se ve de forma diferente estos días desde Kiev (y aún más desde Leópolis/Lviv). Los ucranianos, en lugar de apreciar su papel de apoyo dentro de la grandeza geopolítica rusa (lo que en esencia significa el poder y el prestigio del Estado), han llegado a apreciar otras narraciones alternativas de su historia que giran en torno a la libertad y la resistencia. Redescubrir su pasado ha sido una parte crítica de la afirmación de la independencia ucraniana. Aceptar la posibilidad de que haya múltiples historias, no solo una versión, es un distintivo de la democracia, que ahora es vital.

Episodios antaño vistos como el pegamento histórico de la relación ruso-ucraniana se han visto disputados. Mientras que los rusos tienden a ver el tratado de Pereyáslav de 1654 como un momento de reunificación de los pueblos ruso y ucraniano, muchos ucranianos ven el mismo tratado como una alianza temporal entre líderes militares que después los rusos interpretaron a su conveniencia. En 2009, en el 300º aniversario de la Batalla de Poltava (quizás la batalla más importante de Rusia en el s. XVIII), el entonces presidente de Ucrania Viktor Yuschenko fue bombardeado por Rusia por sugerir que los ucranianos que lucharon junto a los suecos contra las victoriosas fuerzas del zar Pedro el Grande eran auténticos patriotas.

De un modo similar, mientras que las hambrunas de principios del s. XX solían ser vistas como una experiencia de sufrimiento común a todas las regiones soviéticas, e incluso como parte de la forja del milagro industrial soviético, algunos argumentan ahora que las hambrunas fueron, de hecho, un asalto moscovita dirigido contra los ucranianos en particular. Algunos llegan hasta a afirmar que había intenciones genocidas tras esto. La incorporación de la Ucrania occidental a la Unión Soviética en 1939 aún puede ser vista del modo tradicional: como la reunificación de Ucrania bajo liderazgo soviético. Pero para los ancianos pensionistas de Leópolis, y cada vez más para sus nietos, puede ser recordada como el principio de una ocupación rusa de 50 años. Y mientras que los nacionalistas ucranianos de la Gran Guerra Patriótica solían ser rotundamente condenados como nada más que escoria oportunista, antisemita y fascista (y sin duda alguna varios lo eran), algunos elementos más sabrosos pueden ser rehabilitados ahora, como en los Estados bálticos, describiéndolos como patriotas atrapados entre los totalitarismos equivalentes del nazismo y el comunismo. Algunos ucranianos hacen lo que para muchos rusos es una comparación sacrílega, igualando a Putin con Hitler.

Tanto para los rusos como para los ucranianos, la interpretación de la historia ucraniana es personal. Como en todas las tierras fronterizas, las contradicciones y complejidades del enmarañado pasado son reproducidas una y otra vez en las historias de las familias y en las identidades de los individuos. Para los gobiernos de Moscú y Kiev, la historia también es política. Los relatos del pasado pueden ser manipulados para justificar, rechazar o defender diferentes rumbos de acción en el presente. La historia puede ser una herramienta influyente, incluso una guerra psicológica a largo plazo, usada para manipular el aquí y el ahora, para añadir resonancias emocionales a imperativos geopolíticos o a afirmaciones de legitimidad política.

Dicho sin rodeos, la historia puede ser una especie de territorio. En Ucrania, no es solo la tierra del país lo que se está disputando. También lo es el pasado del país. Si Rusia y Ucrania van a vivir como vecinas respetuosas la una junto a la otra, tendrán que encontrar también una forma de vivir con el pasado de cada una.